Siempre he oído decir que los ojos son las ventanas del alma...
Pero ella rompía esa norma, como todas las demás.
Nada en ella era normal. Ella, conocedora de su peculiaridad,
maquillaba su vida con una capa de normalidad.
Sus ojos no eran ventanas, sino espejos,
espejos que reflejaban el anodino mundo que la envolvía,
y escondían en una fortaleza su ser,
que día a día gritaba más fuerte para ver el sol,
para salir, para liberarse.
Encerrado en lo más tenebroso de su cuerpo,
su ser esperaba, paciente, taciturno,
a que llegara su momento, a que un día,
ella tuviera un despiste y así,
poder escurrirsele de dentro y mostrarse a ella.
Hacerle entender que no debía encerrarlo,
que no debía guardar bajo llave aquello que la hacía especial.
Ella sabía lo que sucedía en su interior,
pero dudaba si abrir su caparazón.
Con el paso de los años había conseguido forjar la más robusta de las armaduras,
a base de todas y cada una de las espinas que se le habían ido clavando en su interior.
Y con ella, preservar del frío y peligroso mundo
a su pequeño ser interior, que ella creía frágil y débil.
Ojalá hubiera sabido ella que cada día que el ser pasaba encerrado,
era un día más de agonía,
un día más de sufrimiento y dolor,
de desesperación.
muy bueno joven. Espero que no sea tu última entrada =)
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