Suena el despertador.
Su incesante y molesto ruido me desvela,
lo atrasa, 5 minutos más, como todos los días.
Cierro lo ojos, ella seguramente ha hecho lo mismo,
pocas veces llega a dormirse, pero le gusta disfrutar de esta pausa que se da.
La alarma vuelve a sonar,
me quedo quieta,
invisible, imperceptible, mimetizada con el colchón.
Da vueltas por la habitación,
rebusca en el armario, se viste...
Yo insisto en mi comportamiento,
aguanto la respiración,
me volatilizo...
Oigo a lo lejos ruido en la cocina,
pasos, platos, últimas revisiones antes de salir...
Los pasos se acercan y cierro los ojos,
fuerte, muy fuerte,
me aprieto contra el colchón, casi integrándome con el.
La puerta se entreabre,
la luz tenue invade una pequeña franja de la habitación,
su cabeza se asoma y sé que me observa.
Cierra la puerta de casa y se va.
Yo me relajo y me quedo esperando,
esperando a que algún día suene mi despertador.
Algún día sonará, quizás...
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