El mismo proceso tantas veces vivido.
Aeropuerto, billetes,
ansias de última hora
(me habré dejado el DNI? Habré imprimido el billete?)
Surcar cielos en el pájaro de acero,
durmiendo, leyendo,
soñando historias remotas plasmadas en papel.
Bajo del avión,
el calor me abruma, me sofoca,
y me trae recuerdos de aquel lejano día,
cuando bajé del avión en Marruecos.
Como casi siempre sucede,
nadie esperando en el aeropuerto.
Ya en el autobús intento seguir con mi libro...
Imposible...
Mi cabeza se pega al cristal,
paisajes y edificios,
unos ruinosos, otros en perfecto estado,
todo capta mi atención.
Irónica situación la mía,
me comporto como si fuera la primera vez,
pero...¿Qué puedo hacer?
Parece que sea la primera vez.
El calor se pega en mi piel,
miro a mi alrededor y observo a los otros viajeros.
Dos chicas detrás mío parlotean,
a mi lado otra duerme,
estudiantes que suben y bajan.
No sé qué es lo que tiene,
pero me siento feliz.
Devoro todo con los ojos,
el sol, la luz, los edificios...
Cuanto más derruido,
desastroso y hecho polvo esté,
mejor.
Me siento como en casa,
y por una parte se podría decir que así es.
¡Qué dulce es volver a casa,
cuando nada es tu casa,
y cualquiera de esos sitios tan queridos,
puede ser tu casa!
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